Capítulo 4 – El Encuentro con el Mentor

 


El mentor llegó cuando yo estaba emocionalmente agotada. Había tenido una semana de esas donde sentís que todo se te desordena: los estudios, las responsabilidades, los gatos que ya había rescatado, las preguntas que me hacía constantemente y la culpa que seguía cargando por haber dejado atrás a la gata y sus crías. Era demasiado. Sentía que mi cabeza iba más rápido que mis manos. Quería hacer todo, pero a la vez no podía hacer nada. Era un caos.

En medio de esa confusión, decidí llevar a uno de los gatitos que había rescatado al veterinario, porque no estaba comiendo bien. Fui con miedo, con inseguridad, con esa sensación insoportable de no saber si estaba haciendo las cosas bien o si solo estaba improvisando. Y fue ahí cuando conocí a quien se convertiría, sin que yo lo buscara, en mi mentor, el veterinario al que llevaba a mis gatos desde chica, pero con el que nunca había hablado más allá de lo necesario.

Cuando me vio entrar con el gatito en brazos se acercó enseguida. Lo revisó con calma, me hizo muchas preguntas, con un interés real por saber cómo había llegado a mí. Y cuando terminé de contarle que todo había sido medio accidental, medio impulsivo, medio inevitable, él me miró con una expresión que yo no esperaba. No era lástima. No era preocupación. Era… reconocimiento.

Empezó a explicarme cosas que jamás me había detenido a pensar: cómo identificar síntomas, qué alimentos evitar, cómo higienizar heridas leves, cómo dar medicación segura, cómo evaluar el comportamiento de un gato estresado. Me habló despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, sin esa actitud apurada que suelen tener los adultos cuando sienten que uno pregunta “de más”.

Durante esa consulta, me di cuenta de que había un puente entre lo que sentía y lo que podría hacer si me animaba. El veterinario me contó historias reales de otros rescatistas, de refugios saturados, de personas comunes como yo que habían empezado con un solo gato y que terminaron creando organizaciones hermosas. Me mostró fotografías, me habló de tratamientos accesibles, de protocolos básicos, de cuidados esenciales. Me dijo dónde podía buscar información confiable y qué cosas debía evitar para no lastimar a los animales sin querer.

Y también me habló de límites, de no cargar con casos que me superaran sola, de aceptar que no podía con todos, de entender que rescatar no era salvar el mundo, sino mejorar lo que tuviera al alcance.

Antes de irme, me frenó y me dijo: “Si algún día querés hacer esto en serio, no dudes en venir. Te puedo guiar.” Y esa frase fue el verdadero punto de inflexión, ahí dejó de ser un simple veterinario y se convirtió en un mentor, alguien que veía algo en mí que yo ni siquiera podía ver con claridad todavía.

En los días siguientes, empecé a consultarle cada vez que tenía dudas. Y lo que más me sorprendió fue su paciencia. Nunca me hizo sentir tonta por preguntar cosas básicas. Nunca me habló desde un pedestal. Siempre desde un lugar humano, respetuoso, y sobre todo esperanzado. Como si él supiera que yo podía transformar esa chispa en un fuego real.

Sin él, probablemente TodoCats nunca habría pasado de ser una idea difusa en mi cabeza. Sin él quizás habría seguido creyendo que yo no era suficiente, o que este tipo de cosas le corresponden solo a personas “especialmente preparadas”. Él fue quien me dijo que la preparación se aprende, que la sensibilidad no, y que justamente por eso, yo tenía el ingrediente más importante.

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