Capítulo 2 - El llamado a la aventura
Fue una tarde cualquiera, de esas donde uno
piensa que no va a pasar absolutamente nada importante. Volvía a casa, cansada
y pensando en mil cosas que no tenían nada que ver con gatos, ni con rescates,
ni con proyectos. Pero al doblar una calle, escuché un sonido que en ese
momento me pareció débil, casi ahogado. Un maullido chiquito. Un sonido tan
suave que cualquiera lo habría confundido con un ruido de fondo. Pero yo lo
escuché. Y algo en mí cambió.
Seguí el sonido con la mirada hasta que lo vi:
un gatito diminuto metido dentro de una caja húmeda, escondido entre bolsas de
basura. No tendría más de dos meses. Estaba sucio, flaco, con los ojos medio
cerrados, como si cada movimiento le costara energía que ya no tenía. Me quedé
quieta unos segundos, completamente paralizada, sintiendo cómo esa inquietud
que siempre había ignorado ahora crecía como un golpe directo al estómago.
Ese
fue el primer llamado. No
una voz, no una señal mágica. Fue un gatito chiquito temblando dentro de una
caja rota.
Me acerqué despacio y lo escuché respirar con
esfuerzo. Ese sonido tan pequeño y tan frágil me atravesó. Algo en mí se
quebró. Y aunque en mi cabeza aparecieron todas las frases automáticas que solía
decirme para no involucrarme, ninguna sonó real. No esta vez.
En ese instante entendí que la indiferencia se
había vuelto un lujo que ya no quería permitirme. Fue como si una parte de mí
se despertara de golpe y me dijera: “Si no lo haces vos, nadie lo va a hacer”.
Lo llevé a casa sin pensarlo. Preparé una caja
limpia, lo sequé despacio, le di comida tibia. Y cuando lo vi dormirse haciendo
un ruidito apenas audible, me di cuenta de que esa tarde no había rescatado
solo a un gato, había rescatado una parte de mí que llevaba mucho tiempo
esperando una oportunidad para actuar.
Pero el llamado no termina ahí, un verdadero
llamado a la aventura no es un solo instante. Es una serie de momentos que
empiezan a encajar, que empiezan a insistir. Y así pasó, uno o dos días después,
salí a comprar alimento para ese primer gatito y, como si el universo quisiera
asegurarse de que yo entendiera el mensaje, me encontré con otro gato. Esta vez
un adulto, herido, solo en una esquina. Tenía una pata lastimada y la mirada
cansada. Y ahí volvió el mismo pensamiento: “¿Qué hago? ¿Sigo caminando o me
detengo?”.
Me detuve. Empecé a preguntarme cosas que antes
nunca me había animado a enfrentar. ¿Cuántos gatos así habrá todos los días?
¿Cuántos pasan desapercibidos? ¿Cuántos no tienen a nadie? ¿Cuántas veces había
visto escenas similares y había seguido de largo? ¿Cuántas excusas me habían
retenido en el mismo lugar? Ese fue el momento en el que mi “mundo ordinario”
empezó a abrirse, a fracturarse, a dejar ver un nuevo camino.
Mientras cuidaba a esos dos gatos, sentí por
primera vez que estaba haciendo algo que realmente tenía sentido. Algo que me
conectaba conmigo misma de una forma muy profunda. Me di cuenta de que esa
sensación incómoda que había vivido por años no era debilidad, era un llamado
constante que yo había ignorado. Un llamado que había estado ahí todo el
tiempo, esperando el momento correcto para hacerse oír.
Comments
Post a Comment