Capítulo 3 - El rechazo del llamado

 


Aunque todavía no lo sabía, en esos días ya había iniciado el camino hacia TodoCats. El llamado estaba ahí, claro, fuerte, inevitable. Pero si hay algo que tiene el llamado a la aventura es que, por más potente que sea, casi siempre aparece acompañado por un miedo igual de grande. Y yo no fui la excepción. Después de rescatar a esos dos primeros gatos, esa energía repentina que me había impulsado empezó a mezclarse con duda. Al principio quería creer que lo que había hecho era algo aislado. Una excepción. Un acto de impulsividad emocional que no volvería a repetirse. Me decía a mí misma que solo había ayudado porque coincidió que yo estaba ahí y que no podía simplemente dejarlos. Pero dentro mío, algo sabía que esa explicación era una mentira cómoda.

Casi automáticamente, mi cabeza empezó a trabajar para frenarme, “¿Y si no puedo con esto?”, “¿qué pasa si más gatos empiezan a aparecer?”, “¿qué hago si se enferman?”. El pensamiento que más me perseguía era uno que sonaba brutal: “¿Y si hago más daño del que evito?”. Empecé a preguntarme si había sido irresponsable.

Me imaginaba escenarios terribles, los gatos enfermándose por no saber tratarlos, las cuentas veterinarias acumulándose, mis padres cuestionándome, la escuela ocupándome todo el tiempo, yo misma saturándome emocionalmente. Tenía miedo de comprometerme con algo que me excediera.

Pensaba: “No estoy lista. Esto no es para mí. Hay gente especializada para esto, no yo”. Y entonces surgió otro miedo que me dolió todavía más, encariñarme demasiado. Sentí que si abría ese mundo, algo de mí empezaría a cambiar y ya no habría vuelta atrás. Y esa idea me aterraba. No porque no quisiera ayudar, sino porque entendía que involucrarme significaba asumir un dolor que hasta ese momento había preferido mirar desde la distancia.

Así que durante unos días intenté volver a mi vida normal, intenté estudiar como siempre, hacer mis tareas, concentrarme en mis problemas, cerrar mentalmente la puerta que se estaba abriendo frente a mí. Pensé que si dejaba pasar suficiente tiempo, si los dos primeros gatos que había rescatado mejoraban y se iban, todo podría volver a su sitio. Podría convencerme de que había sido un impulso pasajero y ya. Pero no funcionó.

Hubo un momento en particular que marcó este rechazo de manera muy clara. Una tarde, caminando por el barrio, vi a una gata callejera amamantando a sus crías en una vereda. Estaban protegidos solo por una caja de cartón. La gata era flaquísima. Me detuve a mirarla y ella me devolvió la mirada, cansada, agotada, pero firme. Yo sentí un dolor profundo, como una presión en el pecho, y lo primero que pensé fue “Tengo que llevármelos”. Pero inmediatamente después pensé “No puedo. No puedo con una camada completa. No puedo con tantos. No puedo con todo”.

Y seguí caminando. Literalmente seguí caminando. Pero esos pasos fueron los más pesados que di en mucho tiempo. Cada metro que avanzaba me hacía sentir peor. Me sentía cobarde, egoísta, incapaz. Y esa mezcla de emociones marcó el verdadero conflicto del rechazo: ya no podía ignorar lo que veía, pero tampoco podía aceptarlo del todo todavía. Estaba atrapada entre el miedo y la responsabilidad emocional que empezaba a nacer en mí.

Esa noche casi no dormí. Sentía que la gata y sus crías seguían mirándome incluso con los ojos cerrados. Y ahí entendí que el rechazo ya no tenía sentido. Que lo estaba forzando. Que estaba intentando aferrarme a una vida que ya había dejado de ser suficiente.

Y aunque mi miedo no se había ido, ahora sabía que no importaba cuánto intentara evitarlo, ese camino estaba hecho para mi y era solo el comienzo.

Comments

Popular Posts