Capítulo 5 – El Cruce del Umbral
Después de aquel encuentro con el veterinario,
algo en mí se aflojó. No desaparecieron mis dudas, pero dejaron de sentirse
como una pared. Era más bien una puerta entreabierta, esperando que yo
decidiera si quería pasar o no.
El verdadero cruce no llegó con una gran
decisión consciente. Llegó una mañana común, cuando me desperté y escuché el
maullido del primer gatito que había rescatado. Estaba más despierto, más
activo, con una energía que no tenía el día que lo encontré. Y mientras
preparaba su comida, me di cuenta de que no estaba actuando “de emergencia”, ni
“de paso”. Ya estaba cuidándolo de verdad, como si fuera parte de mi vida
cotidiana.
Ese pequeño detalle marcó un antes y un después.
No lo pensé demasiado, solo lo sentí. Esa misma semana ocurrió algo que terminó
de confirmarlo, una vecina me escribió porque había visto mis historias en
redes sobre los gatos que estaba cuidando. Me dijo que había encontrado uno
lastimado cerca de su edificio y no sabía qué hacer, esa fue la primera vez que
alguien acudió a mí directamente. Y aunque mi primera reacción fue quedarme
congelada, la siguiente fue agarrar una caja de transporte y salir.
Yo sola, sin nadie diciéndome qué hacer, sin
excusas. Solo fui.
Cuando lo vi (un macho joven, lleno de espigas en el pelaje y con una oreja lastimada) no me pregunté si podía o no podía. Me salió natural. Lo cargué, lo llevé al veterinario, escuché las indicaciones, y volví a casa con una sensación que nunca había tenido. Esta vez no estaba improvisando, sabía por qué lo estaba haciendo.
Esa misma noche, mientras limpiaba su herida,
me di cuenta de que ya estaba del otro lado. Ya no era “la chica que quiere
ayudar pero no sabe cómo”. Tampoco era “la que intenta evitar involucrarse
demasiado”. Era alguien que había aceptado que esto formaba parte de su vida,
incluso si todavía me daba un poco de miedo.
Un par de días después escribí por primera vez
el nombre “TodoCats” en una hoja de borradores, casi jugando, como si no fuera
importante. Pero lo fue. Fue la primera vez que el proyecto dejó de ser una
idea suelta y se transformó en algo con forma, con identidad, con dirección. Y
aunque no fue perfecto ni estaba completamente planificado, me dio una
sensación de estabilidad. De “esto va en serio”.
Ese día entendí que no tenía que tenerlo todo
resuelto para empezar.
Solo tenía que empezar.
Comments
Post a Comment