Capítulo 6 – Pruebas, Aliados y Enemigos

 

Una vez que el proyecto dejó de ser una idea y empezó a convertirse en parte de mi rutina, llegaron las primeras pruebas reales. No fueron grandes catástrofes ni dramas extremos, sino pequeñas situaciones que juntas empezaron a poner a prueba mi compromiso. De repente la emoción inicial convivía con un montón de responsabilidades nuevas que yo todavía no sabía manejar del todo.

La primera prueba fue el tiempo. Yo creía que podía organizarme bien entre estudiar, hacer tareas, cumplir con la casa y cuidar a los gatos, pero la realidad me golpeó bastante rápido. Entre alimentar, limpiar, medicar, llevar al veterinario y simplemente acompañar, los días se me empezaron a hacer cortos. Había momentos en los que me encontraba corriendo de un lado para otro, intentando hacer todo al mismo tiempo.

La segunda prueba llegó con el cansancio emocional. Rescatar no es lineal, a veces un gatito mejora rápido, y a veces no avanza nada. Y cuando no avanza, es fácil angustiarse. Me pasó con uno de los primeros gatos que recibí: comía poco, dormía demasiado y parecía no responder a nada. Yo sentía que no hacía lo suficiente, me preocupaba que algo fuera culpa mía, que podría estar equivocándome en alguna parte. Esa inseguridad fue una prueba más dura de lo que imaginaba, porque no había una respuesta inmediata ni una guía clara. Era un “hacer lo mejor que puedo” que a veces parecía no alcanzar.

Pero no todo fueron obstáculos, en medio del caos empezaron a aparecer personas que sin saberlo se convirtieron en mis primeros aliados. Mi vecina, por ejemplo, la misma que me había llamado para el gatito herido, empezó a preguntarme cada tanto si necesitaba algo. A veces traía una bolsa de alimento, otras veces dejaba cajas limpias o mantas que ya no usaba. No eran grandes cosas pero me aliviaban muchísimo. Era un recordatorio de que no estaba completamente sola.

Una amiga del colegio también se sumó sin que yo lo buscara. Me empezó a escribir cada vez que encontraba publicaciones de animales perdidos, adoptables o heridos. A veces me ayudaba a buscar nombres para los gatos, o me escuchaba cuando estaba saturada. Su apoyo emocional fue un gran aliado en los días difíciles.

El veterinario también siguió cumpliendo su rol de guía. Cuando surgían problemas que yo no entendía él me respondía sin hacerme sentir incapaz. A veces me explicaba cosas que parecían obvias, pero yo realmente no sabía.

Por supuesto, también empezaron a aparecer los “enemigos”, esos obstáculos que no tienen rostro, pero igual se sienten como adversarios.

El primero fue el miedo constante a equivocarme. Esa voz interna que aparece justo cuando necesito confiar en mí misma. Cada decisión se sentía enorme, ¿estará bien este alimento?¿lo estoy medicando a la hora correcta?¿tiene frío?¿lo estoy socializando bien?¿no lo estoy estresando demasiado? Ese miedo era agotador.

El segundo enemigo fue el espacio. Mi casa empezó a quedarse chica, las cajas improvisadas ocupaban rincones, los platos se multiplicaban, las camitas aparecían entre muebles. A veces parecía que vivía dentro de un refugio improvisado, y aunque me daba ternura, también me hacía sentir desbordada. No tenía un lugar ideal, tenía lo que había.

El tercer enemigo fue más silencioso: la opinión de algunos adultos. Personas que decían cosas como “¿Por qué te complicás tanto?”, “Esos gatos siempre vuelven a la calle.”, “Estás perdiendo el tiempo.”, “Vos sola no vas a cambiar nada”. Es increíble lo mucho que pueden doler palabras dichas desde la ignorancia, yo me esforzaba por no escucharlas pero igual se metían en mi cabeza. A veces lograban hacerme dudar de nuevo.

Y aun así, con todo eso encima, seguí.

Seguí porque cada prueba también escondía un aprendizaje.

Seguí porque cada nuevo aliado hacía más liviano el camino.

Seguí porque cada enemigo interno me obligaba a crecer.

Pero, sobre todo, seguí porque cada vez que un gato mejoraba aunque fuera un poquito, ese pequeño avance hacía que todo lo demás valiera la pena.

Comments

Popular Posts