Capítulo 7 – Acercamiento a la Caverna Más Profunda
Con el paso de las semanas, TodoCats empezó a
tomar una forma más clara, aunque yo todavía no lo llamara así abiertamente.
Los rescates ahora eran parte de mi rutina, tenía que revisar mensajes, estar
atenta a novedades del barrio, organizar los cuidados, coordinar visitas al
veterinario. Y aunque ya había superado varias pruebas pequeñas, sabía que en
algún momento iba a llegar un desafío más grande. Lo sentía venir.
No era miedo exactamente, pero sí una especie
de anticipación. Esa sensación que uno tiene cuando está a punto de enfrentar
algo que no sabe del todo cómo manejar, pero que sabe que no puede evitar. Mi
vida ya estaba cambiando, y yo lo aceptaba, aunque todavía me faltaba dar un
salto más profundo.
Un día, una chica que yo no conocía me mandó un
mensaje por redes. Había oído que yo ayudaba a gatos y me pedía si podía
recibir uno que había encontrado. Al leerlo, sentí por un lado orgullo de que
ya se me reconociera como alguien que podía hacer algo, pero por otro un nudo
en el estómago. Era una responsabilidad nueva. No era una vecina conocida, ni
un caso que yo había visto por casualidad. Era la primera vez que alguien
completamente ajeno depositaba en mí la confianza de cuidar una vida que no
podía cuidar por sí misma.
Y ese simple mensaje me obligó a pensar más
seriamente en todo lo que estaba construyendo. Me dí cuenta de que mis rescates
ya no eran “casuales”. De que la palabra “refugio” ya no era solo un sueño. De
que empezaba a existir una expectativa alrededor mío.
Eso me llevó a reorganizar todo: el espacio
donde estaban los gatos, mis horarios, e incluso mis prioridades. Tuve que
aceptar que para seguir tenía que comprometerme de verdad, no a medias. Empecé
a armar una pequeña carpeta con información útil que me había dado el
veterinario, como si fuera mi propio manual de emergencias. Ordené
medicamentos, anoté dosis, repasé todo lo que había aprendido.
Fue en esos días cuando empecé a sentir el peso
del proyecto, lo veía crecer y entendía que ya no podía seguir improvisando.
Había que planificar, mejorar, aprender más. Incluso empecé a pensar en un
nombre formal, en cómo organizar una página, en cómo contar las historias de
manera que pudieran servir, no solo emocionar.
Pero también apareció una sensación más íntima,
la de tener que enfrentar mis propios límites. Por ejemplo, aceptar que no
podía salvar a todos, o que por más que quisiera habría casos que me
excederían, o que iba a tener que ver cosas que no me gustaran, como
enfermedades más graves o situaciones injustas que no podía cambiar de
inmediato.
Eso fue lo que más me costó admitir. Ayudar
también significaba enfrentar dolor, y ahí estaba mi verdadera caverna, en mis
propios miedos.
Comments
Post a Comment